“YO SOY LA REINA”

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Yo soy la reina. El atardecer. El sonido de las montañas. El estilo, en negro, largo, estilizado, en paño y lana, seda y satén. Los llevo todos cada día; no creo en las ocasiones especiales. La vida misma lo es. Siempre se lo digo a todos los intelectuales que se apoltronan en mis divanes y me cuentan historias sobre física cuántica, el origen del universo, la psicología de contraataque, hombres, mujeres, niños. Los hay que sólo vienen los viernes, cuando organizo cenas temáticas y cocino pasteles. Los hay que vienen siempre –que hay comida, claro.

Mi casa está allí arriba, en París. Cerca de la Rive Gauche, claro. ¿No te lo había contado nunca? Qué raro. Es un piso muy bonito, con grandes ventanales y puertas de madera blanca. No es muy grande, pero es increíblemente especial. Nada de decoraciones moñas ni clasicismo aburrido; el mío está repleto de objetos, cortinas de terciopelo oscuro, oro. Y lo que no es oro, pero es dorado. Me gustan las cosas doradas. Como esta cadena, ¿la ves? Que sí, es dorada. Es dorada y feísima. También me gustan las cosas feas. ¿Por qué no? Qué es bonito y qué no lo es, me preguntarás. Pues qué quieres que te diga: no tengo ni la más mínima idea. Yo cojo las cosas, las cortinas, los intelectuales, las historias, y me las guardo en el mismo lugar, que es esta cabecita que te estoy señalando.

Stéphane se ríe de mí por ello. Pero le gusta. No en vano eligió acostarse conmigo antes que con el pelmazo de May. “Tienes muchísima personalidad, Reina”, me dice. Me dice muchas cosas, cuando habla. Pero no lo hace siempre. Asiento y me río, ligeramente, luego con más fuerza, sonoramente, tercamente, apasionadamente. Crudamente. Lo hago tal y como vivo. Al límite. Vine aquí para pasármelo bien, y en menor medida, pasármelo bien. No me mires así, estás muy feo cuando lo haces. ¿Que no te diga eso? Mira chico, mi padre se pasó veinte años repitiéndome lo imbécil que me hacían parecer los pañuelos atados a la cabeza. Como el que llevo, exacto. ¿Y sabes lo que hice? Largarme en cuanto tuve ocasión y hacerme con todos los pañuelos que encontraba y atármelos hasta el infinito.

Los he tenido de seda, de tul, de tejidos altamente inflamables. El que llevo ahora no lo es. Podrá parecerte una camiseta, pero es porque no te fijas bien. ¿De quién me hablas? Nunca he visto esa película. Yo llevo pañuelos desde hace muchísimo más tiempo, primero por rebeldía, luego por estética, seguido por una noción de estilo y terminando porque yo soy la reina. ¿No tendrás un cigarrito?

Ah, tu sí me cuidas bien. Te decía que llevo tiempo sin ir a París, y eso me pone triste, lamentable, sucia. No porque aquí lo sea, sólo es que allí están mi armario, mis divanes, mis cómodas, mis cortinas y los objetos dorados. Aquí no. No hay nada de eso. ¿Te importa que deje esta bolsa aquí? Si lo viera Stéphane. ¡Si te viera Stéphane! Tan pulcro, tan estilizado. Tan aburrido. Hace años que no veo al bueno de Stéphane. El listo de Stéphane. El cerdo de Stéphane.

Yo soy profesora de ballet. Tengo una academia no muy lejos de casa, donde vienen todas las niñas pijas a cumplir el sueño de sus madres. Son insoportables. Y me encantan. Les enseño con el mismo rigor y frialdad con los que aprendí yo. Luego me llaman mala puta, pero aprenden y son buenas y a mí me da exactamente lo mismo. Que les jodan. No por ellas, sino por mí. Que me jodan a mí. Estoy jodida. Triste. Soy una profesora sin escuela. La perdí cuando el bueno de Stéphane estafó a medio París y me mandó a la quiebra. Me quedé sin trabajo, sin sueño, sin casa. Sin marido. Sin mí. Poco después se largó con esa puta eslava.

No, no soy racista. Lo sobrellevé como pude, con la compresión emocional a la que estuve sometida toda mi infancia, pero déjame respirar un poco. Deja que expulse algo de bilis. ¿Tendrías otro cigarrillo? Ah, sí. Sí. ¡Sí! Deja que hable. Ya nadie me escucha. Te contaba lo de Stéphane; él se largó y me dejó endeudada hasta las sienes. Las sienes son una parte muy ignorada en la literatura. Yo te hablo de ellas. Estaba endeudada hasta aquí. Ahogada. Hundida. Muy triste. Las cartas seguían llegando y me decidí a vender los vestidos y el oro y comprar pan y comida y minutos de vida. Esos cabrones me dejaron tan pelada que sólo me quedaron cuatro prendas. Y empecé a beber.

Yo soy la reina. Sin palacio ni reino, sin comparsa ni súbditos, ni intelectuales ni hombres ni hijas. Todos dejaron de venir. No les culpo, pero sí lo hago: cerdos. Perdona. ¡Cerdos! Me sienta bien. ¿Con quién me quejo? Demasiado lo hice conmigo misma. Mi hija intentó ayudarme, como pudo, pero descubrí una realidad. Ella era otra niña pija que cumplía el sueño de su madre. Lo que su madre, esa vez, era yo. Porque soy madre. Soy bailarina, alcohólica, maniaco-depresiva. Señora. Eso dicen. Yo no lo siento así.

¿Cómo llegué aquí? Ya te lo dije, quería pasármelo bien. Allí no quedaba nada. Nada. Por eso vine. Lo demás ya lo sabes, o deberías. Me ves aquí cada mañana, ¿no es cierto? Alcánzame esa bolsa. Por aquí hay infinidad de cosas a recoger. ¿Has visto qué feas? Me encantan. Qué pesado es tu jefe. La calle está vacía, el sol sale, tu local huele a bollería y chocolate y me hace pensar en el hambre que tengo. Ah, no, no te preocupes. No me gusta el chocolate. Pero si tuvieras un café, de esos tan calientes, tan secos, tan amargos, te lo agradecería enormemente.

Y un croissant. Soy afortunada. Vuelvo a la historia. Sí, hijo, bebía. Me daba todo igual, el mundo me daba igual., y salí de allí y llegué aquí y aquí me quedé. Aquí me ves. Encontré un empleo en una tienda pero no funcionó: ni el empleo ni la tienda. Seguí bebiendo, un poco más. Perdí mi casa dos veces, en París, en Barcelona, en el terreno emocional, hasta que me dejé llevar y me refugié en la calle.

Yo soy la reina. De la calle, del banco lateral, del sol y de los días. Reino sobre ellos. Los veo antes que nadie. Empieza el día y allí está. Mi sol. Mi cabeza. El cielo es una masa informe y maravillosa. Si lo miras así nunca vas a ver nada, cretino. Mira bien. Mira más allá. ¿Si volví a París? Oh, lo hice. Mi hija se casó, quiso a su madre allí, me vi arrastrada a volver. Fue un auténtico desastre, claro. Su madre, la reina, con su porte y su figura, sus facciones endurecidas, elegantes, de eterna bailarina, de eterna bebedora, de amante, mujer, hombre, de sufrimiento y alegría. Bebí, la lié, robé, volví para aquí. No la he vuelto a ver desde entonces. Pienso en ella. ¡Pienso en ella! Como puedes dudarlo. No la abandoné. No creo. La vida me abandonó a mí, y yo me dejé. Lo confieso. Era dura y fuerte, y dejé de serlo y fui cobarde y débil. Caí. Más. Más hondo. No la he vuelto a ver desde entonces. Pienso en ella; y cuando llueve me acuerdo de cuando era pequeña y dejo que el agua bañe mi culpa.

No pongas esa cara, no estés triste. Yo no lo estoy. ¿Has visto qué día hace? Los días son mi alegría. El cielo es mío. ¡Mío! Pero qué rico está este café. Entiendes francés, ¿verdad? Por no seguir hablando sin sentido. Sí, dile, que ya me voy. Lo termino y me voy con mis cosas. ¿Stéphane? No, no pienso en Stéphane. Ya no. Sólo a veces recuerdo mi casa, en París, y mi escuela de baile, y me digo que la noche será caliente y mi recuerdo también. Está bien, cojo la bolsa. ¿No tendrás otro cigarrito?

El último, te lo prometo. Ya me voy. Vuelvo a la calle. A mi reino. A veces pienso que un día abriré los ojos y veré el sol, más allá, más profundo, con más luz, y se me cegarán los ojos y volaré muy lejos y renaceré libre de culpa y vicios y temblores y ya todo dará igual porque volveré a tener el corazón puro. Renaceré. Fuerte. Libre. Fuerte. Fuerte. La del corazón negro, la del corazón triste, la del abrigo oscuro y el pañuelo a juego, la mujer del porte y el talante agresivo, la perra, la madre, la enferma, la niña.

¿No te he hablado de mi casa en Lyon? Pero qué tonta. Y tú, qué idiota. ¡Por no preguntar! ¿De dónde crees que vengo? Ahora estoy aquí, pero mi casa está en Lyon, y es amplia, acogedora, tenebrosa. Comemos queso y bebemos vino y charlamos de cosas. Tengo mi propio estudio, donde diseño joyas y fumo tabaco, y las joyas las vendo en la tienda que regento, en la misma esquina. ¿París? ¿Cuándo? Jamás he vivido en París.

Yo soy la reina. Soy quien quiero ser. Soy mi historia, la tuya, la calle y la intemperie. La humanidad. Soy el universo y la probabilidad, y no estoy tan lejos, ni del café ni de ti mismo. Ya va, termino el cigarrito. Pero escúchame: escúchate. Viaja, come, vive. Vive. Y no des cuentas a nadie. La culpa no es culpa. Te lo digo yo, que estoy aquí, que estuve allí, arriba, y luego abajo. Me voy, descuida, me voy y te dejo aquí atendiendo a tus clientes, sirviéndoles los desayunos, alimentando a la sociedad. La legal, la visible, la que jamás se equivoca. Te dejo. ¿Me escucharás mañana? Me tomaré otro café y te contaré más cosas, las que quieras.

Seré la mujer que vive en la calle, que se mueve grácilmente, que viste con ropa vieja, gastada, sucia, que conseguirá atraer tu atención. Tu curiosidad, tu ingenio, y dudarás sobre mí, sobre lo que me pasó, sobre lo que me llevó a ser quién soy, y aún así, no me dirás nada.

Y no me importará.

 

 

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